Ni yo; pero no esperemos imposibles, ¡oh anciano!
ANFITRIÓN
Ganar tiempo es ya un alivio a nuestras desdichas.
MÉGARA
Pero el que pasa, lleno de tristeza, me atormenta sin descanso.
ANFITRIÓN
No dudes, ¡oh hija!, que nuestros males presentes se trocarán en bienes, y que algún día vendrá mi hijo, tu bien amado esposo. Tranquilízate, pues, y enjuga las lágrimas perennes de tus hijos, y consuélalos, y engáñalos con fingidas palabras, por triste que sea este recurso. También se cansan las calamidades humanas, y los vientos no soplan siempre con igual fuerza, y los afortunados no lo son perpetuamente; todo cambia y se trastorna. El hombre virtuoso siempre tiene esperanza, y solo el malo desespera.
EL CORO
Estrofa. — Apoyado en mi báculo me acerco a la morada y al lecho del anciano Anfitrión, entonando lúgubre canto, como blanco cisne, y mi voz y mi aspecto son de fantasmas nocturnos, trémulo, aunque resuelto, ¡oh hijos sin padre!, ¡oh anciano!, y tú, madre infeliz, que lloras a tu esposo, ahora en el palacio de Hades.
Antístrofa. — No fatiguéis vuestros pies y vuestros miembros, agobiados por los años, cansándoos como el caballo uncido al yugo que, al arrastrar el carro por inclinada ladera, se detiene sin aliento. Ayúdente mis manos y mi vestido, si tropiezan mis pies vacilantes; que un anciano guíe a otro; en los pasados días sufrimos iguales trabajos, y jóvenes peleamos juntos, sin deshonrar a nuestra patria celebérrima.