Epodo. — Observad sus terribles miradas,[89] semejantes a las de su padre; ni ha desaparecido su gracia, aunque el infortunio paterno alcance también a sus hijos; ¡oh griegos, de qué auxiliares, de qué auxiliares os priváis en la guerra si llegáis a perderlos! Pero veo a Lico, señor de este país, que se acerca.

LICO

Pregunto al padre y a la esposa de Heracles si me es lícito (y lo es, en verdad, y puedo preguntaros, siendo señor de este territorio): ¿hasta cuándo queréis prolongar vuestra existencia? ¿En qué esperanza, en qué auxilio confiáis para no morir? ¿Creéis acaso que vendrá el padre de estos niños, ahora en los infiernos? Indigna es vuestra aflicción al ver cercana la muerte, cuando te jactaste vanamente en toda la Grecia de que Zeus compartió tu lecho, y engendró un nuevo dios (A Mégara), llamándote esposa de varón gloriosísimo. ¿Qué preclara hazaña ejecutó tu esposo? ¿Dar muerte a la hidra de la laguna,[90] o a la fiera Nemea?[91] La apresó en sus redes, y dice que la ahogó en sus brazos. ¿Osáis luchar conmigo por esto? ¿Y bastará para librar de la muerte a los hijos de Heracles? Ganó fama de esforzado sin merecerlo, peleando solo con fieras, no en más altas empresas, porque nunca embrazó el escudo ni manejó la lanza en la refriega; estuvo pronto siempre a huir, armado solo del arco, la más cobarde de todas las armas. Pero este no es indicio de fortaleza, sino formar impasible en las filas sin miedo al surco que abre formidable enemigo. No atribuyas a crueldad mi propósito, hijo solo de la previsión; sé muy bien que quité la vida a Creonte, padre de esta, y que poseo su reino. No consentiré, pues, que estos niños sean hombres, ni dejaré vivir a quienes se vengarán de mí.

ANFITRIÓN

Defienda Zeus a su hijo; yo, ¡oh Heracles!, probaré por ti la necedad de este, y no dejaré que te desacredite. Apelo al testimonio de los dioses para lavarte, ¡oh Heracles!, de la mancha de cobarde, absurdo inaudito y el más inverosímil. Hablen los rayos y las cuadrigas de Zeus que te llevaron, desde las cuales clavaste tus rápidas flechas en el pecho de los gigantes,[92] hijos de la Tierra, celebrando con los dioses el triunfo de tu gloriosa victoria. Hablen también los centauros;[93] ve a Foloe,[94] ¡oh tú el peor de los reyes!, y pregunta cuál es el varón más famoso, y te dirán que mi hijo, el que, según aseguras, solo es esforzado en apariencia. Si preguntas a Dirfis,[95] la de los abantes,[96] en donde te criaste, no te alabará, que en tu patria no has ejecutado hazaña alguna. Desprecias las saetas, sapientísima invención, como armas ofensivas. Óyeme y rectificarás tu juicio: el hombre pesadamente armado es esclavo de sus armas, y cuando los que forman con él en las filas no son valientes, sucumbe víctima de la cobardía de sus compañeros, y cuando se rompe su lanza no puede evitar la muerte, puesto que ella sola lo defiende. Pero el de ojo certero en disparar el arco disfruta del apetecido privilegio, después de lanzar millares de flechas, de defender a los demás, y desde lejos se venga de sus enemigos y hiere y ciega con ellas a los que ven, y no se expone a sus golpes situado en paraje seguro; lo esencial en el combate es guardar bien el cuerpo y hacer daño a los enemigos, sin exponerse a los caprichos de la fortuna. Mis palabras prueban, por tanto, lo contrario de lo que has dicho. Pero ¿por qué quieres matar a estos niños? ¿Qué te han hecho? Solo eres prudente, a mi juicio, temiendo, cobarde, a los hijos de varón tan ilustre. Pero es intolerable para nosotros morir víctimas de tu miedo. Lo justo hubiese sido que tú padecieses en nuestro lugar, si Zeus nos hiciese justicia, porque valemos más que tú. Si quieres reinar aquí, déjanos salir desterrados; nada conseguirás a la fuerza, y serás víctima de ella si cambia la fortuna. ¡Ay de mí! ¡Oh tierra de Cadmo, que yo te vea, que ensalces también mis maldiciones! ¿Así ayudas a Heracles y a sus hijos? Él solo peleó contra los minias y devolvió a Tebas su libertad. No alabo a la Grecia, ni callaré nunca paciente que sea impasible testigo de tu vituperable conducta con mi hijo, cuando debía venir al socorro de estos niños con fuego, con lanzas, con todo linaje de armas, y premiar los trabajos de Heracles, que ha purgado de enemigos el mar y la tierra. Ni la Grecia ni la ciudad de los tebanos os socorren, ¡oh hijos!, y cifráis en mí, débil amigo, vuestras esperanzas, cuando solo sirvo ya para hablar, y trémulos están mis miembros por los años, y desapareció mi antiguo vigor. Si fuese joven y de robusto cuerpo, empuñaría la lanza y llenaría de sangre la cabellera de este, para que, temeroso, huyera de mí más allá de los límites atlánticos.[97]

EL CORO

¿No encuentran ocasión de hablar los hombres buenos, aunque sea lenta su palabra?

LICO

Desata contra mí tu lengua, que pronto sufriréis justo castigo. Andad, que vayan unos al Helicón[98] y otros a los valles del Parnaso,[99] y mandad a los leñadores que corten troncos de encina; y cuando los trajeren a la ciudad y los amontonéis alrededor del ara, prendedles fuego y quemadlos a todos, y así sabrán que no reina aquí el difunto Creonte, sino yo. A vosotros, ancianos, que os oponéis a mis proyectos, solo aseguro que lloraréis a los hijos de Heracles y los males que sobrevendrán a vuestras familias; así os acordaréis de que sois mis esclavos.

EL CORO