Estrofa 1.ª — Grata es para mí la juventud, no la vejez, carga más pesada que los peñascos del Etna, que agobia mi cabeza y oscurece con sus tinieblas la luz de mis ojos.[128] Ni todo el lujo del imperio del Asia, ni un palacio lleno de oro valen para mí lo que ella, que si es muy dulce en la opulencia, también lo es en la pobreza. Aborrezco la triste y letal senectud; ojalá que desaparezca bajo las olas, pues nunca debió acercarse a los hombres y a las ciudades, sino volar por los aires.
Antístrofa 1.ª — Si la prudencia y la humana sabiduría fuesen patrimonio de los dioses, disfrutaríamos de doble juventud los que la mereciésemos por nuestras virtudes, para que, después de muertos, volviésemos a ver de nuevo el sol y viviésemos dos veces, y así se distinguirían los buenos de los malos como los marineros distinguen las innumerables estrellas del firmamento. Pero ahora no hay señal alguna para conocerlos, y vivimos vida agitada, pensando solo en acumular riquezas.
Estrofa 2.ª — No cesaré de adorar a las Gracias y a las Musas, unidas en dulcísimo consorcio. Que yo no viva sin las nueve hermanas, y que las coronas ornen siempre mis sienes. Todavía el anciano poeta celebra a Mnemósine;[129] todavía cantaré el triunfo de Heracles, ya en el templo de Dioniso, que nos da aromático vino, ya al son de la lira de siete cuerdas y de la flauta líbica; aún alabaremos a las Musas, que me invitaron a formar estos coros.
Antístrofa 2.ª — Himnos entonan las delíades,[130] danzando en bellos grupos a las puertas del templo en loor de los bienaventurados hijos de Leto; yo, anciano poeta, como el cisne[131] cantaré también himnos en tu palacio, ¡oh Heracles!, con voz trémula; fausto argumento me da para ello el hijo de Zeus, que, superando con sus hazañas a sus nobles progenitores, ha logrado con sus trabajos que los mortales vivan tranquilos, sin miedo a las fieras. (Sale Anfitrión del palacio, y aparece Lico).
LICO
A tiempo sales del palacio, ¡oh Anfitrión!; no habéis tardado poco en vestiros el traje mortuorio. Pero ve y ordena que lo dejen ya los hijos y la esposa de Heracles, según prometisteis espontáneamente, sabedores de vuestra próxima muerte.
ANFITRIÓN
¡Oh rey! Me persigues sin apiadarte de mi suerte, y tu conducta es insolente, cuando sabes que ha muerto mi hijo, y que, por lo mismo que mandas, debías ser mesurado y compasivo. Pero ya que nos obligas a morir, necesario es someternos a nuestro destino y obedecerle.
LICO
¿En dónde está Mégara? ¿Dó los hijos del hijo de Alcmena?