EL CORO
¡Oh Zeus! ¿Por qué tan sin mesura odias a tu hijo y lo sumerges en este abismo funesto?
HERACLES (que vuelve en sí poco a poco).
¡Ah! Ya respiro. (Anfitrión y el coro se ocultan cuando oyen las exclamaciones de Heracles). Y veo lo que más anhelo, el aire, la tierra y estos rayos del sol; pero figúraseme que he sufrido grave borrasca y perturbación en mi juicio, y que abrasa mi aliento, saliendo de mis pulmones con trabajo, no como antes. ¿Qué es esto? ¿Por qué, como a una nave,[145] sujetan cuerdas mi pecho y vigorosos brazos, y estoy sujeto a este trozo de columna, cercado de cadáveres? Flechas aladas y un arco yacen esparcidos por el suelo, que antes no se separaban de mí, y me defendían, y yo los conservaba con cuidado. Según presumo, no he vuelto otra vez a los infiernos por orden de Euristeo, habiendo venido hace poco. Ni veo el peñasco de Sísifo, ni a Hades, ni el cetro de la hija de Deméter. Admirado estoy; ignoro en dónde me hallo. ¡Hola! ¿Hay cerca o lejos algún amigo que disipe mis dudas? Paréceme que me son desconocidos todos estos objetos.
ANFITRIÓN
Ancianos, ¿me acercaré ya al autor de mis males?
EL CORO
Y yo contigo, para compartir tu desgracia (Acércanse a él el coro y Anfitrión, este sollozando y cubierto el rostro).
HERACLES
Padre, ¿por qué lloras y ocultas tu rostro, apartándole de tu hijo muy querido?