¡Y cuán distinta cosa era esta grosera burla de lo que habia sido en su principio la vela! Acostumbrado este pueblo en aquellos tiempos á vivir casi en familia, sus actos llevaban un sello de franqueza que no puede hoy existir, pero que no por eso deja de ser lamentable que no puedan tenerlo. Aquellas buenas gentes que ya hemos visto que desde casi mediados del siglo pasado salian á Puerta de tierra á recibir á sus amigos que venian á las fiestas, conservaban todavia esta costumbre en 1801; pero como la inmigracion fué estraordinaria en este año y siendo los medios de locomocion muy escasos no todos hubieron de ponerse en marcha cuando lo pensaron, sucedia frecuentemente que los que esperaban se llevaban chasco mas de una vez no viendo llegar á los que eran esperados; y cuando al fin los descubrian bien en el sitio designado ó á la puerta de sus casas, eran sorprendidos agradablemente y prorumpian en aclamaciones de júbilo, en las que casi siempre tomaban parte los vecinos, porque los vecinos en aquella época gozaban del derecho de entrar y salir en las casas contiguas como en la suya propia, tomando parte en las alegrías y en los pesares de la familia. ¡Qué tiempos y qué costumbres! Verdad es que, echadas en una balanza las ventajas y los inconvenientes de semejantes franquezas, no sé en verdad cual de los dos platillos seria el que apareciera mas recargado, por mas que hoy tronemos contra los abusos de aquella costumbre, sin tener en cuenta que nuestros abuelos, al contrario de nosotros que nos movemos mucho, nacian, vivian y morian en una misma casa; y como de igual modo procedian el que vivia enfrente y los que vivian á los costados, los vecinos que tenian tanta franqueza no eran en resúmen mas que cuatro ó seis amigos verdaderos, como quizás no se encuentran hoy. A esas demostraciones de júbilo solia agregarse de vez en cuando una música, aunque no fuera muy armoniosa; y hé aquí lo que engendró la vela, que el tiempo y quizás el cambio de costumbres se encargaron de degenerar, hasta el extremo de convertir en una cosa, por lo menos inaceptable, lo que en su principio fué sin duda laudable; una muestra de afecto propia de aquellos tiempos y de aquellas gentes. Por fortuna nuestro pueblo que, sin perder su natural bondad, va adquiriendo cada dia mas cultura ha rechazado hace ya muchos años esas burlas incalificables y nada tendré por tanto que decir de ellas como cronista.

En los años de 1802 y 1803, las fiestas de San Juan decayeron algun tanto, por consecuencia de que ni el Ayuntamiento ni el público concurrieron á las funciones religiosas, á causa del mal estado de la pequeña parte del templo que hacia de Catedral, por hallarse esta arruinada á consecuencia de temporales sufridos, y sabido es que el pueblo de Puerto-Rico ha antepuesto siempre á todo sus sentimientos y sus prácticas religiosas; pero rehabilitada, aunque no del todo, la Iglesia, en 1804 volvieron á continuar las fiestas de San Juan, sin otra innovacion en los años subsiguientes que la de la introduccion de las alboradas, de que tendré ocasion de ocuparme mas adelante; y así se conservaron con mas ó menos auge, con mas ó menos animacion, hasta estos últimos treinta años en que han sufrido las variadas peripecias que se verán en el capítulo siguiente.


III.
El San Juan en el presente siglo.

Poco despues de los años en que quedó el relato al terminar el anterior capítulo y cuando aun no habian corrido mas que veinte del presente siglo, la poblacion de la Isla tuvo un aumento repentino y de notable consideracion, producido por las emigraciones, primero de la parte francesa de la América del Norte, y despues de los paises situados á orillas del mar Caribe en la América del Sud. Esas emigraciones trageron á la vez que capitales y conocimientos, que hicieron tomar un desarrollo inesperado al trabajo de la Isla, un grado de cultura superior sin duda al de esta sociedad, que harta tenia en medio del aislamiento en que se encontraba, y que tuvo el talento de apropiarse muy pronto los adelantos que se le entraron por las puertas cuando menos lo imaginaba.

El número de familias que llegó á la Isla, por crecido que fuera y por mucha influencia que ejerciera en la prosperidad social y material del país, no fué sin embargo bastante para reformar las costumbres; y mucho menos los actos oficiales que figuraban como una de las mas importantes partes de las fiestas populares de esta ciudad, porque precisamente esos actos representaban principios por los que los emigrantes acababan de sacrificar su porvenir, su posicion, sus familias y todo cuanto puede constituir el bienestar del hombre sobre la tierra. ¡Rasgo sublime de abnegacion en aras del amor patrio, que me complazco en recordar con admiracion y respeto, por mas que él me obligue hoy á doblar mi humilde frente para buscar en el trabajo el alimento de mis hijos y el mio propio! Así pues las costumbres de este pueblo continuaron siendo lo que eran y las fiestas populares de San Juan se vieron cada vez mas animadas, merced al mayor número de individuos que en ellas tomaban parte; y que la tomaban con tanto mayor gusto cuanto que la diversion de las carreras se amoldaba bastante á los usos de su país.

El mismo aumento de poblacion y por consecuencia la necesidad de mayor número de caballerías para facilitar el mayor movimiento que aquel producia en el interior de la Isla, desprovista de toda clase de caminos que no fueran los de herradura y aun estos mismos en mal estado casi siempre, eran un nuevo estímulo para las carreras de San Juan, que sin propósito determinado y por solo la fuerza de la necesidad llegaron á ser, sin que nadie lo dijera, una especie de féria anual que estimulaba la crianza del ganado mejorando constantemente las razas de caballos.

Así pasaron algunos años, celebrándose en todos ellos las fiestas del Patron, sin que se introdujeran mas variaciones que aquellas que sin duda producia en cada año el mejor ó peor humor de los vecinos y por consiguiente la mas ó menos predisposicion para divertirse. Llegó empero el año de 1812 y con él la nueva forma constitucional que el Gobierno Supremo dió á la nacion, inclusas estas sus apartadas provincias; y variada por completo la organizacion del Ayuntamiento de esta Ciudad, como la de todos los demás del Reino, cesaron los actos públicos oficiales que se celebraban para San Juan y las fiestas tomaron entonces un carácter enteramente popular, al que en nada contribuyó por de pronto el Municipio, como no fuera en sostener las funciones religiosas que se efectuaban en obsequio del Santo tutelar.