Mas adelante tendré ocasion de volver á presentar á mis lectores este asunto que, en mi humilde juicio, constituye la esencia ó por lo menos la razon de ser de las carreras de San Juan.

Pasemos ahora al objeto de este capítulo.

No obstante el esplendor y realce que se ha visto trataba de dar el Ayuntamiento á las fiestas de su Santo Patron, no por esto se libraron estas de sufrir las alternativas que tan propias son de todas las cosas humanas; y ya en el año de 1778 fué tan grande la desanimacion que reinó en el público, á consecuencia de la falta de asistencia de los principales funcionarios, de la oficialidad y de las personas visibles, que el Ayuntamiento creyó oportuno elevar su voz hasta el Trono y esponer á S. M. los perjuicios que irrogaria á la poblacion y á la Isla entera la falta de la fiesta; porque habian quedado "desanimados estos moradores y naturales y totalmente desmayados en la crianza de sus caballos, con el esmero que lo habian acostumbrado para lograr una ventajosa estimacion y utilidad del público, objeto que les obligaba á encarecer su peticion de que no tan solo no se dejasen decaer las fiestas de San Juan, sino que, por el contrario, se observara en este asunto el estilo de tantos años pasados."[10]

El acta capitular en que consta esta peticion, tomada sin duda alguna en medio de la impresion desagradable que esperimentara la Corporacion, revela, entre otras cosas, que la desanimacion pública era tal que, aun la víspera del dia de San Pedro en que tanto se corria antes y se corrió despues, no habia habido carreras.

El Rey se sirvió declarar obligatoria[11] para todas las Corporaciones y funcionarios civiles y militares la concurrencia á las fiestas religiosa y del pendon; pero, sin embargo de esto, las diversiones decayeron mucho en los años subsecuentes y fué necesario que transcurrieran algunos y que se presentara un acontecimiento tan estraordinario como el del sitio puesto por los Ingleses á esta plaza, para que las carreras volvieran á ser lo que antiguamente fueron y tuvieran toda la animacion que vió en ellas el naturalista Mr. Ledru.

Al comenzar el siglo XIX las fiestas de San Juan estaban probablemente decaidas, apesar de que las carreras de caballos fueran siempre concurridísimas; pero, en cambio, esta clase de diversion iba concretándose á solo las fiestas del Patron y fué poco á poco dejando de correrse para San Mateo y aun para Santiago, cesando de hacerse definitivamente en estos dos últimos dias cuando apenas habian transcurrido diez ó doce años del presente siglo; y de tal manera se desistió de ello que no pudo conseguirse el que volviera á correrse en el dia de Santiago, no obstante los esfuerzos que para ello hicieron muchos aficionados algunos años mas tarde.

Como era consiguiente, concretadas las carreras de caballos á solo la fiesta de San Juan, ó mejor dicho á la víspera y dia de este santo y víspera y dia de San Pedro, notábase mas animacion para ellas; y las candeladas, ú hogueras en las esquinas de las calles, que venian de tiempo inmemorial y habian caido en desuso casi completamente, volvieron á encenderse con mas ardor en las noches de aquellos dias; no pareciendo sino que el deseo con que cada año se esperaba la fiesta avivaba la llama de aquellas.

En el segundo año de este siglo, ó sea el de 1801, un nuevo motivo, extraño del todo á las fiestas del Santo Patron, fué sin embargo causa de que tomaran estas un esplendor cual nunca se habia conocido, haciendo á la vez que su recuerdo conservara por mucho tiempo vivo el ardor de estos habitantes para celebrar el San Juan. En dicho año, y no antes, porque segun aparece de las actas capitulares, no fué posible efectuarlo, el Ayuntamiento de la Capital dispuso celebrar la victoria que este pueblo habia obtenido en 1797 sobre los Ingleses que sitiaron la Ciudad, al mismo tiempo que demostrar su gratitud por las gracias que el Soberano concedia á la Capital, á consecuencia de dicha victoria, entre las que se cuenta la del título de Muy noble y muy leal con que hoy se distingue. Unióse á estas funciones la de la inauguracion de la nueva Casa Consistorial que se habia terminado por la misma fecha y que es la que hoy existe, aunque bastante reformada; y con tales motivos, designados los dias de Julio que median entre San Pedro y Santiago para la fiesta de la conmemoracion de la victoria, hubo sin duda aquel año una fiesta no interrumpida desde los primeros de Junio hasta los primeros de Agosto, ó quizás hasta los últimos de este último mes, en que se celebra á Santa Rosa.

No he podido encontrar documento alguno ni crónica que describa estas fiestas, ni la tradicion conserva, que yo sepa, (y he hecho diligencias por averiguarlo) recuerdo alguno del éxito que tuvieron; pero es de suponerse que fueran espléndidas porque la concurrencia de forasteros á la Ciudad fué tal que hubieron de levantarse viviendas provisionales en todos los barrios altos de la Capital; y hallándose muy escasos los artículos de subsistencia, hasta la misma carne, el Gobierno se vió obligado á disponer que se formara un padron de vecinos y los que no lo fueran de esta localidad volvieran á la suya en un término que excedia al de los dias de las fiestas. ¡Medida sensible por lo que afectaba al ensanche y engrandecimiento futuros de esta poblacion!

En este año tuvo orígen la vela, segun los datos que me suministró un honrado y alegre anciano cuya memoria recuerdo siempre con gusto; la vela, que no pueden menos de recordar todos aquellos que, como yo, puedan por desgracia hacer memoria de los sucesos acaecidos en las tres últimas décadas, era, segun yo la conocí, una silva, una demostracion de burla hecha á las personas que pasaban por la calle y especialmente á los forasteros que venian á las fiestas y que encontraban un recibimiento descortés en lugar de la amistosa hospitalidad que debia dispensárseles, y que se les daba sin duda pero amargándola con frecuentes y descompasados gritos que casi les impedian salir á la calle en los dias anteriores á la víspera y festividad del Patron, en los que por fortuna cesaba semejante demostracion. La vela, frase que en su principio debió tener el verbo en plural y decir por lo tanto vedla, era un espectáculo tan grotesco como original que no se concibe en un pueblo de tan buenos sentimientos y de tan honrado corazon como el de Puerto-Rico: hoy que ha pasado completamente, no se explica que por todas partes se encontraran gentes dispuestas á burlarse de todo el que veian pasar por delante de la puerta de su casa, usando para ello de instrumentos desagradables, como el cuerno, el fotuto, los almireces empleados como campanas, matracas y todo lo que formara ruido inarmónico y descompasado. Con dolor es necesario confesar que estábamos mal educados todavia; si bien debemos regocijarnos de lo que en este camino hemos adelantado.