El sol del dia siguiente alumbró una escena de desolacion que nadie hubiera imaginado la víspera: los campos que el dia anterior ostentaban lozanas plantaciones, esperanza del laborioso cultivador, estaban talados, por el soplo destructor del vendabal, ó anegados por el desbordamiento de los rios; y los pobres campesinos lloraban desconsolados la pérdida del hogar en que algunas horas antes se albergaban. En las costas, el mar habia arrojado á las orillas los restos de las embarcaciones que no pudieron soportar el empuje de los vientos. No era posible contemplar con ojos indiferentes tantos intereses destruidos, tanto trabajo perdido, tantas esperanzas frustradas en el intérvalo de una sola noche; y en medio del pesar que embargaba todos los corazones resonó espontánea y pura la voz de la caridad en favor de los desgraciados que mas habian sufrido en aquella espantosa catástrofe. Pocos dias bastaron para mitigar las penas y consolar las aflicciones que dejó tras sí la noche del 29 de Octubre, gracias al privilegio que para ello tiene la hermosa virtud de la caridad.
Empero aun no estaba agotada la amarga copa que debia apurar este pueblo; el porvenir contenia aun para él nuevas amarguras que pronto debia gustar; y apenas debian transcurrir algunos dias sin que la desventura llamara de nuevo á nuestras puertas.
Corria el dia 18 de Noviembre en medio de un calor sofocante, extraño ya para lo avanzado de la estacion; y la calma precursora casi siempre de los grandes trastornos de la naturaleza, parecia amagar nuestra existencia. El pueblo, sin embargo, entregado á sus habituales faenas no podia presentir lo que momentos despues le habia de pasar: de repente la tierra se estremece, tan fuerte y prolongadamente, que todo el mundo huye despavorido de las habitaciones, buscando los sitios despejados en donde evitar las desgracias propias de las ruinas. La madre llora por su hijo ausente; el esposo busca solícito la esposa; el hijo corre á encontrar el amparo de su padre; y todos consternados imploran el auxilio divino: ¡el auxilio divino! que es la fuente inagotable de todas las verdaderas esperanzas, de todos los consuelos positivos. Por fortuna la fé se conserva robusta en nuestro suelo; y el pueblo encuentra en ella un bálsamo que mitiga sus aflicciones, un poderoso brazo que le sostiene en sus conflictos.
Despues de un minuto de afanosa é interminable angustia, en que la vida y la muerte lucharon enfurecidamente sobre nuestras cabezas, la tierra volvió á su estado normal y los habitantes se retiraron á sus casas, tal vez sin darse cuenta de lo que hacian é impulsados solo por el poderoso atractivo del hogar doméstico. Bien poco, sin embargo, duró su reposo, porque la tierra volvió á temblar pocos momentos despues; y tembló hasta diez ó doce veces mas en el intérvalo de veinte y cuatro horas. Entonces la poblacion despavorida huyó á los campos y á las afueras de la ciudad, sin cuidarse de las incomodidades y aun de los riesgos propios de semejante peregrinacion. La capital, poco antes bulliciosa y animada se vió reducida á triste soledad; y la dulce paz doméstica habia desaparecido en breves instantes, sin que nadie pudiera decirse cuando habria de ser recuperada.
Así pasaron largos dias y prolongadas noches llenos de ansiedad y de amargura; y mientras tanto la ciudad esperimentaba todos los fatales resultados de la ausencia de la poblacion; su comercio decaia rápidamente; su riqueza territorial sufria las consecuencias de las violentas sacudidas que esperimentaba el suelo; y la desconfianza, alimentada por la constante repeticion de los temblores durante seis meses seguidos, retenia á los habitantes fuera de la poblacion, viniendo solo á ella el tiempo preciso aquellos que tenian obligaciones que cumplir, los cuales se retiraban diariamente á pasar las noches donde no les impidiera el sueño el amago constante de los techos.
Inútil es pintar los terribles perjuicios que tan anormal situacion trajo consigo; los gastos de cada familia se multiplicaron en una proporcion que distaba mucho de lo que podian dar de sí los recursos, y la falta de equilibrio se hizo aun mayor por las enfermedades que pronto entraron á formar parte de aquel cortejo de males que afligía á la poblacion. Los lazos sociales, si no se rompieron por completo, estuvieron disueltos largo tiempo, porque cada uno atendia á su propia conservacion y á la de su familia; y salvo aquellos que tienen el deber de velar por el público ó aquellos pocos á quienes la caridad mueve siempre á tender una mano generosa á la desgracia, bajo cualquiera faz que se presente, los demás no se ocupaban de lo que á su alrededor pasaba, porque el terror y la angustia en que vivian los embargaban por completo.
Sin duda alguna que el malestar que produjo la emigracion daba resultados peores quizás que los de la misma causa que engendró aquella; y que de prolongarse por poco tiempo mas tan anómala situacion hubiera decaido la ciudad de tal manera que difícilmente se habria repuesto en muchos años.
Por fortuna la Providencia se apiadó de este pueblo y despues de seis meses de penas y disgustos, la confianza apareció otra vez sobre nuestro horizonte, con débil luz en su principio, pero al fin dejando entrever mejores dias. Contristados, sin embargo, todavia los ánimos y mas apesarados por la misma soledad en que se vivia, no todos los que habian salido de la ciudad se atrevian á volver; y solo la necesidad obligó á algunos á ocupar sus antiguos hogares. El espíritu público estaba tan decaido que la ciudad daba pocas muestras de vida; y no ya diversiones, en las que nadie pensaba, pero ni aun reuniones amistosas se contaban en que poder esparcir el ánimo abatido: las tiendas de comercio se veian constantemente desiertas y las mismas calles no presentaban ni con mucho el movimiento que anteriormente les era propio.
Cada dia que pasaba agravaba mas y mas tan terrible situacion; y ó era preciso dejar morir de inanicion un pueblo que cuenta elementos bastantes para vivir y prosperar; ó se necesitaba un remedio pronto y eficaz que hiciese desaparecer el triste estado en que se hallaba la ciudad. ¿Quién podia y debia emprender esta obra de regeneracion, digámoslo así? ¿Quién podia y debia trabajar para levantar el espíritu público de la postracion en que yacia? ¿Y qué medios debian emplearse para ello, cuando la mitad de la poblacion aun no habia vuelto á sus hogares?
Puesta la mano sobre el corazon y con la imparcialidad que siempre debe reinar cuando se trata de la cosa pública, declaro que, en mi humilde juicio, el único llamado á realizar esa obra era el Ayuntamiento, como representante legítimo de ese mismo pueblo que habia de reanimarse; y por eso me congratulo en declarar que el Ayuntamiento estuvo oportuno y acertado cuando resolvió emprender la obra; y mas oportuno y acertado estuvo cuando escogió como medios para ello las fiestas de San Juan. Siguiendo así su propia tradicion, nunca interrumpida, como lo han visto los lectores, presentaba al público, á la vez que los placeres propios de un pueblo culto, los encantos de la tradicion, siempre agradable y tal vez más cuando ha empezado á entrar en la época de los recuerdos.