Miéntras en la plaza principal se preparaban, ante un público numeroso, los fuegos de artificio que debian quemarse por la noche, en la calle de San Francisco una orquesta dejó oir sus primeros acordes y pronto atrajo hácia aquel punto centenares de espectadores, deseosos de presenciar todas las fiestas. La que anunciaba la música se reducia, sin embargo, por esa vez al simple acto de enarbolar las banderas de algunas casas que no las habian izado á medio dia; y los concurrentes hubieron de conformarse por tanto con el solo espectáculo del bullicio propio del caso y de los disparos que abundaron como de costumbre; siendo agradablemente sorprendidos, cuando al retirarse, ya entrada la noche, se vieron iluminados de repente por una intensa y brillante luz roja de Bengala, que ardía frente á la puerta de la farmacia del sucesor del señor Teillard, y cuya duracion hizo que se prolongara la permanencia de los espectadores en aquel sitio.

Cuando cesó el efecto producido por la luz, pudo contemplarse una de esas hermosísimas noches de los trópicos que superan á toda descripcion: en un cielo de azul puro y transparente, tachonado de lucientes estrellas, brillaba en todo su esplendor la luna, esa diosa de los paganos, cantada por todos los poetas y tan querida de todos los amantes, sin duda porque al ténue resplandor de sus blanquecinos rayos, la naturaleza se reviste de un encanto indescifrable que hermosea los objetos bajo el tinte de melancolía en que los envuelve. La ciudad se hallaba doblemente iluminada y hasta la misma naturaleza parecia contribuir á la fiesta con la esplendidez propia de todas sus escenas.

Por todas las calles que dan á la plaza principal afluia la gente en tropel para presenciar los fuegos que dieron principio á las ocho en punto. Cohetes, ruedas, llamas ardieron sucesivamente, en medio de los aplausos del público y de los armoniosos acordes de una música militar que amenizaba el acto; y con intérvalo de una hora se elevaron dos globos de distintas formas y dimensiones, venciendo el mayor la contrariedad de haberse roto contra uno de los adornos del salon de la plaza. Despues de una hora de grato entretenimiento, del que disfrutaron millares de personas que hacinadas ocupaban la plaza, las calles de los alrededores y los balcones, puertas y azoteas de las casas que dan al primer sitio, se dió fuego á un castillo de tres cuerpos, y unos quince piés de alto, que era la pieza principal de los fuegos. Empezó á arder por el cuerpo inferior que presentó de pronto iluminadas con bonitas luces de variados colores las puertas que adornaban los cuatro frentes; y antes de que esas luces se estinguieran, comunicándose el fuego á los cuerpos superiores, se iluminaron de repente, haciendo disparos en todas direcciones y dejando escapar cohetes. Cuando el fuego era mas intenso, el espectáculo no podia ser mas hermoso; torrentes de luz entremezclados de torrentes de fuego aparecian por los cuatro lados, dejando ver de vez en cuando los fogages de los disparos de mas ó menos intensidad que salian de los distintos cuerpos del edificio, hasta concluir en el remate superior por la elevacion de cohetes de gran fuerza.

Un momento despues la ilusion habia desaparecido y solo quedaba un poco de humo que el perezoso viento de la noche arrastraba lentamente por los aires. Así pasan todas las ilusiones de la vida, sin dejar mas que un poco de humo; á veces brillante cuando la luz de la gloria lo ilumina, á veces denso y opaco cuando lo ennegrece el remordimiento de lo pasado.

Una llama blanquísima de Bengala que iluminó la plaza por fin de fiesta, permitió ver la apiñada muchedumbre que se oprimia buscando salida; aquellos millares de cabezas presentaban en su fluctuacion la imágen del embravecido mar cuando sus olas encrespadas se precipitan las unas sobre las otras, amenazando destruir cuanto encuentren á su paso. El mar humano que allí se movia, nada, sin embargo, destruyó; y pronto por el contrario desparramada por las calles desapareció la numerosa concurrencia satisfecha y alegre, narrando cada cual aquello que mas habia llamado su atencion.

La plaza, no obstante, no quedó desierta; permanecian firmes en ella todos los que se disponian á acompañar la música que debia recorrer las calles; y los chiquillos se disputaban acaloradamente el derecho de convertirse en portadores de las teas con que por costumbre se habia de iluminar aquel alegre paseo nocturno.

A las diez en punto partió la música acompañada de un numeroso séquito que no la abandonó ni por un momento en la larga escursion que hizo por todas las calles de la ciudad. Media noche era cuando todavia se dejaban oir sus dulces ecos y el alegre bullicio de los acompañantes que no querian perder ni una sola nota ni tampoco un solo incidente de los de aquel dia.

Así terminó el 1º. de Junio en medio del contento general de la poblacion que veia inaugurar las fiestas con un brillo y una animacion que competia sino excedia á la de los tiempos mas alegres; y todos se prometieron desde aquel momento un dichoso mes de San Juan.