De mas está decir que la concurrencia á todos los actos religiosos fué cual era de esperarse en un pueblo que tanto gusta de todas las prácticas de la religion y mucho mas tratándose de San Juan Bautista, á quien se venera como el especial protector é intercesor en favor de la Isla; y sobre todo cuando el sentimiento religioso excitado por el temor que en todos los ánimos habian producido los pasados conflictos, llevaba á todos los corazones á buscar el consuelo inagotable y puro que solo se encuentra á los piés de aquel que con su palabra crió el universo y lo sostiene por su sola voluntad. En especial para la misa el templo se vió lleno como pocas veces sucede; y no fué esta circunstancia la que menos contribuyó á que la fiesta quedara tan solemne como se lo habia prometido el Ayuntamiento y lo deseaba la poblacion que mitigaba así sus penas todavia no pasadas del todo.

El lector me permitirá que me ocupe por un momento de la música de la misa; el arte, como antes he tenido ocasion de decirlo, goza del raro privilegio de herir el alma en sus mas delicadas fibras; y por eso no es extraño que la religion haga uso de la música que con sus brillantes armonías nos arrebata á veces entusiasmada y rápidamente hasta las alturas celestiales en que nuestra fé nos hace contemplar los coros de alados ángeles y querubines postrados ante el acatamiento del Altísimo; ó nos conduce dulce y misteriosamente con tiernas melodías hasta las profundidades mas recónditas de nuestra propia alma para que derramemos en ella el llanto regenerador del arrepentimiento.

Los ecos melodiosos de la música son un misterioso amuleto, á cuyo contacto brotan en nuestra alma las ideas de lo bueno, tal vez porque lo bueno y lo bello son hermanos é hijos de la verdad que nunca nos hiere con mas fuerza y esplendidez que cuando, en alas de fervorosa oracion, levantamos el corazon, contrito y humillado, hasta donde se halla Aquel que es la verdad misma.

La misa ejecutada, por segunda vez, en la festividad de San Juan, es obra de mi apreciado amigo el Maestro de Capilla D. Felipe Gutierrez que la escribió en 1861 dedicándola al que era y es todavia dignísimo Obispo de esta Diócesis, el Excmo. é Illmo. Sr. D. Fr. Benigno Carrion de Málaga.

El Sr. Gutierrez es demasiado conocido como Músico en la Isla y aun fuera de ella; pero eso no me excusa de tener la grata complacencia de reconocerle y proclamarle como un hijo distinguido del arte. Rico de sentimiento, fecundo en la concepcion y conocedor profundo de los secretos de la armonía, sus obras brillan con toda la riqueza de una fantasía ardiente y segura en su vuelo.

La misa de San Juan es sin duda una de sus mejores composiciones y por esta razon como por el objeto con que fué escrita, que es el mismo que tiene este libro, he creido deber ocuparme de ella con algun detenimiento; esperando de mi amigo Gutierrez lo que antes he esperado de mi amigo Oller, que, en obsequio á mis rectas intenciones, sabrá disimular á un profano en el arte el que pretenda, no hacer un juicio crítico, pues no alcanza á tanto mi pretension, sino emitir una opinion que, aun cuando basada en el buen sentido y en la aficion decidida por todas las bellas artes, no puede apoyarse en los sólidos conocimientos que le serian necesarios para no errar tan frecuentemente.

Los kiries de la misa de que me ocupo están basados en un himno que oimos entonar en la Iglesia en canto llano, y tienen por solo este motivo esa solemnidad, esa elevacion, esa pureza que distingue á todos los himnos religiosos, que no por contar muchos años y aun siglos de existencia han llegado á envejecer; pues, por el contrario, siempre se oyen con el mismo gusto que la vez primera y como si fuesen cantos nuevos.

La Gloria es brillante, siendo de sentirse únicamente que no se hagan desaparecer los primeros compases del andante con que empieza, porque hay en ellos cierta lasitud que se aviene muy mal con la viveza del resto de la composicion, que podria dar principio sin inconveniente alguno por el allegro que sigue inmediatamente. Tanto este aire, como los demás que continuan hasta llegar al Quoniam, revelan el buen gusto y la fecundidad del compositor, pues abundan los trozos de melodías originales y del mas exquisito sentimiento. El aria de tenor que comprende el Quoniam se resiente bastante de falta de novedad; pero, tal vez temiéndolo, el autor ha estado muy acertado embelleciendo todo este trozo con una preciosa glosa del primer violin, en que nos da á conocer su ingenio, á la vez que el perfecto conocimiento que tiene de la instrumentacion y del valor y partido que puede sacarse de cada uno de los instrumentos.

La Gloria termina con un moderato maestoso de cantos dulces y expresivos, en que se revela el alma del poeta, poniendo de manifiesto sus gustos puros y modestos. Hay en esos cantos un eco ternísimo que despierta en el corazon de los que conocemos al autor el recuerdo de sus estimables virtudes, al mismo tiempo que la sencillez que distingue todos sus actos. Mi amigo Gutierrez además, que tan asíduamente estudia los grandes maestros músicos, sabe perfectamente que esa sencillez es la que hace que tanto gusten las obras religiosas de Miné, como gustan por igual razon en pintura las obras de Velazquez; y conoce muy bien el partido que debe sacar de tan distinguida cualidad.

Da fin la pieza con un presto final, para el In gloria Dei patris. Amen, del género fugado tan propio de la música de Iglesia; y en el que demuestra Gutierrez sus extensos y seguros conocimientos como compositor, haciendo gala de su rica imaginacion así en los motivos, como en la esposicion y los episodios; cuya variedad y buen gusto cierran dignamente tan brillante composicion.