Y difícil seria salir de una hipótesis cualquiera, mas ó menos fundada, en lo relativo á la época que hemos pasado, porque el holandés Boduyno Henrico arrasó con el fuego todos los archivos de la ciudad en 1625.

Continuando el siglo diez y siete, las fiestas de San Juan y algunas otras notables del año hubieron de regularizarse hasta el extremo de hacerse fiestas votivas para el Ayuntamiento de la Ciudad, al cual se le concedió por los años de 1685 ú 87 (que no consta con exactitud la fecha) el impuesto de un maravedí en cuartillo de aloja y ocho en el de aguardiente para cubrir, entre otras atenciones, las de las citadas fiestas: ese impuesto, que solo se concedió en su principio por seis años, fué prorrogado por igual tiempo en 1693 y volvió á serlo en 1702 y en 1709 y en 1714, como aparece de una carta real fechada en Sevilla á 13 de Diciembre de 1730 y dirijida al Concejo, Justicias y Regimiento de esta Ciudad.

Las fiestas votivas á que se ha hecho referencia, eran las de la Purificacion de Nuestra Señora, el Corpus Christi, San Juan, Santiago y Santa Rosa; y en tres de ellas se efectuaban sin duda carreras de caballos, á juzgar por lo que dicen los historiadores que copiaré dentro de poco; pero un acuerdo del Ayuntamiento de 30 de Junio de 1778, que he tenido ocasion de consultar, hace conocer que las de San Juan se celebraban con especial solemnidad, desde tiempo inmemorial (tal vez desde que empezaron, á fines del siglo XVII) no solo como honor debido al Santo Patron, sino tambien como prueba de feudo vasallage al Soberano de las Españas. Y en efecto, en dicha fiesta no solo se celebraba solemne funcion de iglesia con vísperas, rindiéndose guardia de honor al Santo, en el tabernáculo en que se colocaba; sino que en los dias 24 y 25 de Junio se llevaban á sus piés las llaves de la ciudad, "en reconocimiento á su soberana proteccion," como lo dice el acuerdo consultado. Por su parte los regocijos públicos eran tambien de un carácter especial que los distinguia completamente de las demás festividades votivas: efectuábanse carreras de caballos desde la víspera de San Juan hasta el dia de San Pedro, en que tenian participacion todos los habitantes, bien como ginetes, bien como espectadores que se convertian en actores dando ó respondiendo las chanzas mas ó menos agudas que entre unos y otros se cruzaban.

Oigamos como describe estas carreras el único historiador de la Isla, Fr. Iñigo Abad de la Sierra, que escribió su historia quizás en el mismo año en que fué tomado el acuerdo del Cabildo que acaba de citarse.

"Las fiestas principales, dice el ilustrado historiador, las celebran tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de San Juan, San Pedro y San Mateo.[3] La víspera de San Juan al amanecer entra gran multitud de corredores que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos: cuando dan las doce del dia salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases montados en sus caballos enjaezados con toda la mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan las sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquitero de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata: algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género adornándolos con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.

"Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la víspera de San Juan salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo comun son de los amigos ó parientes de una familia; dan vueltas por toda la Ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros y continúan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético que corre por todas partes.

"No obstante la confusion y tropel de la corrida, rara vez sucede desgracia alguna y si ocurre algun azar es á algun Español que encontrándose con el peloton de corredores al volver alguna esquina, no sabe evitar los encuentros con la destreza que los criollos. Estos, aunque el caballo corra á toda carrera, dejan sueltas las riendas sobre el arzon de la silla, los brazos cruzados, fumando su cigarro, diciendo algunas gracias á las de las ventanas y á las que corren. Al llegar á las esquinas que han de doblar, llaman al caballo con aquella rienda, y aunque vengan muchos por la misma calle, saben pasar por medio de los pelotones sin tropezar con nadie. Las mugeres van con igual ó mayor desembarazo y seguridad que los hombres, sentadas de medio lado sobre sillas á la gineta, con solo un estribo. Llevan espuela y látigo para avivar la velocidad de los caballos, de los cuales algunos suelen caer muertos sin haber manifestado flaqueza en la carrera y todos quedan estropeados y sin provecho para mucho tiempo; verdad es que todo el año los cuidan con esmero para lucirlos en estas fiestas[4].

"No toda la carrera es tumultuosa y confusa: á las nueve del dia sale el pendon de la ciudad acompañado del Cabildo, Nobleza y Oficialidad, de la tropa; dos compañías de caballería, presididos del Gobernador; este paseo se ejecuta con toda pompa y buen órden, y en él lucen las galas, palafrenes, jaeces, criados y caballos. Va por las calles principales de la Ciudad, y en una de ellas corren parejas por su órden, despues de las cuales llevan el pendon á la Catedral, que recibe el Cabildo eclesiástico y vuelve á despedir despues de la misa mayor, que lo restituyen á la Casa de la Ciudad con toda la ostentacion posible, sin que por este acto tan circunspecto y magnífico se suspendan en las otras calles las carreras, voces y zambra con que las gentes desahogan su extremado regocijo ó loca pasion, que reina aquel dia."

Otro escritor,[5] francés de orígen y que no tuvo motivos para conocer la isla como el historiador que acabo de copiar, de acuerdo sin embargo en casi todo con él, aunque no pudo conocerle ni es probable que tuviera noticia de su obra, escribia lo siguiente en 1797.

"Sábese cuanto gustan á los Españoles las fiestas y las ceremonias públicas. En Europa son aficionados á las corridas de toros; en América á las carreras de caballos. Hacia dos dias[6] que este último espectáculo ocupaba á la Ciudad entera, que me pareció convertida en un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habian concurrido para esta diversion. Imagínense tres ó cuatrocientos caballeros, enmascarados ó vestidos con trages extraños, corriendo sin órden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos numerosos. Por aquí muchos petimetres disfrazados de mendigos divertian á los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrian y el rico arnés de los corceles que oprimian; por allá levantaba una polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcia á su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid; todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafren. Dudo que nuestras bellas de Paris puedan disputar con las amazonas de Puerto-Rico el arte de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo mas atento no puede seguir el movimiento de sus patas.