"Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las principales fiestas del calendario romano, especialmente las de Páscuas, San Juan, Santiago, San Mateo[7]. Desde la víspera viene á la Ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los juegos comienzan á medio dia precisamente y continúan sin interrupcion hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertos y hasta los techos llenos de curiosos; por todas partes se oyen risas, provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al dia siguiente la fiesta toma un carácter mas sério. El Gobernador, seguido de los miembros del Cabildo[8], de la oficialidad, de la nobleza, escoltado por la guarnicion, todos á caballo y ricamente vestidos, sale á las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirije en seguida hácia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa, terminada la cual vuelve en el mismo órden á la casa consistorial; y entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran hasta por la noche, aunque esta no siempre da la señal de retirada."

Esta última parte de Mr. Ledru, como la última tambien de los párrafos tomados á Fr. Iñigo, se refiere á un dia en particular, que no era otro que el de la festividad del Santo Patron.

En medio de la algaraza y gresca generales habia algunas horas de intérvalo en la mañana del dia de San Juan, en las que la fiesta tomaba un carácter sério y hasta magestuoso, en tanto que el pendon Real paseaba las calles de la Ciudad, que con esa demostracion rendia un tributo de homenage al Soberano, segun la antigua usanza de los tiempos feudales que todavia se conservaba en todas las provincias de la nacion.

Hallábase el pendon depositado en las Salas Capitulares y el dia indicado, reunido el Ayuntamiento en el mismo local pasaba en cuerpo á buscar al Regidor Alférez Real, que era el que levantaba aquella insignia y despues al Gobernador Superior, Presidente de la Corporacion, volviendo en seguida á la casa consistorial. Frente á esta, y de antemano, esperaban en la plaza los principales funcionarios, la oficialidad de la guarnicion, los escribanos y las personas mas notables de la poblacion, caballeros en los mas briosos corceles que podian encontrar, pues era lujo lucir los de mejor paso y gallardía.

Tomado el pendon por el Alférez Real, á presencia de toda la Corporacion que le escoltaba, á manera de guardia de honor, montaban todos los individuos que la componian y se ponia en marcha el cortejo, seguido de una compañia de milicias de caballería, recorriendo en forma procesional las principales calles de la Ciudad. Terminado el paseo, se situaban el Gobernador y Ayuntamiento en un palco ó tribuna que al efecto se levantaba, lujosamente engalanado, al extremo de una de dichas calles, que en el siglo pasado era la de la Fortaleza y posteriormente fué la de San Sebastian; y daban principio las carreras de caballos, en parejas de á dos, comenzando por los miembros del Ayuntamiento y concluyendo por los últimos soldados de la escolta.

Escusado es que yo diga que la poblacion entera concurria á presenciar esta fiesta, agolpándose en las avenidas de las calles que confluian á la en que aquella se celebraba, y llenando las puertas y balcones de las casas que ostentaban vistosas colgaduras. Aun recuerdo, tal vez confusamente si bien con todo el grato placer que producen en el alma las memorias de los alegres dias de la infancia, que mi casa, situada en la calle de la fiesta, se llenaba, como todas las del vecindario, de amigos invitados que compartian aquel dia nuestro almuerzo, y nos exijian, como de rigor, el tradicional manjar-blanco. Y eso que yo solo alcancé el último de los años en que se celebró la fiesta del pendon.

Terminadas las carreras, volvia el cortejo á ponerse en marcha y se dirijia á la Catedral; allí el Alférez Real tomaba su puesto al lado izquierdo del Preste durante la procesion y despues del Presidente del Ayuntamiento mientras la misa: en tanto que esta duraba, el pendon permanecia en el presbiterio, al lado del Evangelio; y concluido, era tomado de nuevo por el Alférez Real y conducido con la misma pompa á la casa de Ciudad, en cuyos balcones ondeaba despues por el resto del dia.

Los Alféreces reales y los Regidores que los suplian en vacantes, ausencias ó enfermedades, competian en dar cada cual mas esplendor á esta fiesta; y no se reducian á lo oficial, por decirlo así, sino que, terminado el acto, obsequiaban á los concurrentes con un espléndido refresco; y en la noche del mismo dia, ó en la del siguiente generalmente, daban baile en su casa.[9] Este baile era por lo comun el anuncio de los que despues seguian hasta el 30 de Agosto, en que se celebraba la fiesta de Santa Rosa, como patrona de las Indias; aunque aquella diversion no era tan frecuente como lo es en nuestros tiempos, sin duda porque las gentes de aquella época, aunque aficionadas á Terpsícore, estaban mas bien que por el dulce merengue, como hoy se dice, por el movimiento del caballo; puesto que si los bailes no eran frecuentes, las carreras se repetian bien amenudo, como lo dicen los escritores que he citado.

Además de estas fiestas, se efectuó indudablemente desde principios ó mediados del siglo pasado la que se conoce con el nombre de alborada de la leche, que á tan malos términos la hemos visto llegar en la década anterior á la presente. A juzgar por las medidas de policía que se tomaron por los años de 1780 y 81, esta fiesta nació de que los forasteros que concurrian á las carreras llegaban generalmente á la ciudad en la madrugada de la víspera de San Juan y sus amigos salian á recibirlos al campo de Puerta de tierra, cosa por cierto bien natural en tiempo de tanta franqueza y en que era costumbre general dejar el lecho antes que la aurora derramara sus rosados resplandores.

Pero es el caso que á la misma hora llegaban tambien al mismo sitio los jíbaros que traian frutos para el mercado y mas especialmente los espendedores de leche; y detenidos estos unas veces por los ginetes que se les adelantaban impidiéndoles el paso; y chasqueados otras los que salian de la Ciudad al ver que no llegaban las personas que iban á recibir; se amostazaban unos y otros, prorumpiendo los mas fogosos en dichos agudos é inocentes que eran aplaudidos por toda la concurrencia y adelantándose algunos á lanzar picantes epígramas que no quedaban sin contestacion. Y como que el camino de la burla es resbaladizo de suyo, pronto de los dichos se pasó á los hechos; y se lanzaban de una á otra parte proyectiles que la decencia no debió permitir siquiera que se tomaran en las manos, como no permite tampoco el que se nombren.