—¿Quién es sor Ana?—preguntó el magistrado, que había dejado pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.

—Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.

—¿Dónde está?

—No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.

—¿Usted tampoco sabe esa dirección?—preguntó el juez, volviéndose hacia el Príncipe Alejo.

—La ignoro, pero...

Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba, no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:

—¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...

Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.

—¡Vérod!—exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear, vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta, intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.