—¡Nuestra pobre amiga!—exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.—¡Quién lo habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse así...

Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:

—No.

Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.

—¿Qué dice usted?—preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole fijamente en los ojos.

—Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.

Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba también fijamente a su inesperado acusador.

—¿Cómo puede usted asegurarlo?—preguntó aún el juez.

—Lo sé.

—¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?