—Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.

—¿Quién cree usted que la ha muerto?

El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la extranjera, y dijo:

Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.

En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión, que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.

Antes de decir nada contra alguien—repuso el juez en tono de amonestación—es preciso estar cierto de lo que se dice.

—Si no estuviera cierto no habría hablado.

—¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?

El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de contener.

—La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.