La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura, rencorosa, y le apostrofó así:
—¡Loco! ¿Qué dices?
Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y otro penetrar con ellas hasta el alma.
El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.
—¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!—intimó el primero.
—¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios, de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.
Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan ustedes—agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados: deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes—digan ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es creíble...
El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada escrutadora:
—Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y firme.
—¿Usted cree eso?—exclamó el joven desconcertado—¿usted ha dicho eso?