La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente; parecía no comprender ni ver.
—¿De quién era esta arma?—la preguntó el magistrado.
—Suya.
—¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?
—Encerrada, escondida.
—¿Ve usted—dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven—que nada confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?
El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:
—Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar con el juez de instrucción.
II
LAS PRIMERAS INDAGACIONES