—¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y retarde su cumplimiento?
—Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...—observó Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la joven le inspirara sospechas.—Pero ya que usted está tan bien informada de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía que ésta se creyera más atada que nunca.
—Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.
—¿Cuándo?
—El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él, contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.
—¿Confirma usted lo que dice esta joven?—preguntó Ferpierre a Zakunine.
El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.
—¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?
Todavía fue la mujer quien contestó:
—Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes? ¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»