—¿Es o no su querida?—repitió Ferpierre mientras los dos se miraban fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y turbado.
Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.
—Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?
—¿Qué dice usted?—profirió Zakunine desdeñosamente.
—Y entonces ¿por qué?—insistió el juez.
—Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa—dijo la joven.
Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:
—No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.
—Dejemos aparte—dijo Ferpierre,—el juicio sobre la supuesta conducta de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy extraño de romperlo...
Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y confuso; pero la joven replicó: