La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían, todo revelaba su ira.

—Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.

Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.

A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud: parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.

—La he hecho llamar a usted otra vez—dijo el juez—para que repita usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted su querida?

El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír la respuesta, o por sugerírsela él mismo.

—Sí—contestó con firmeza la joven.

—¿Sabe usted—repuso Ferpierre señalando al Príncipe—que él aparenta no creer que usted me lo haya dicho?

—Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.

La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la cabeza y clavó en él la vista.