—¿Ella ha dicho eso?—dijo con otra exclamación el acusado, expresando con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante revelación.

Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.

El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante confesión tenía que causar a ambos?

—¡Ella misma lo había dicho!—repitió el magistrado.—¿Se asombra usted?

—¡Eso es falso!—replicó el Príncipe.

—¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?

—Tres años.

—¿Cómo la conoció?

—Era amigo de sus hermanos.

—Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?... ¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o no, que es usted su amante?