Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se estremeció.
—Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un proceso político?
—¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted mucho...
La mirada del Príncipe relampagueó.
—No hable usted así,—dijo sordamente.
—¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo; usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la frecuentación de esa mujer, a su amistad?
—No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero hice otras cosas, no menos útiles.
—Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella misma ha confesado.
—¿Qué?—exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.
—Que usted es su amante.