—Creía haberse unido a mí para siempre.

—¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra mucho a usted!

El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja, con acento de amargura, dijo:

—¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma, yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar irreparablemente sobre ella!

¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la eficacia de la defensa en tal forma?

—¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?

Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez, confuso.

—¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?

—La propaganda.

—No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.