—No lo creo.
—¿Nunca habló con usted de eso?
—Nunca.
—Ahora vamos a interrogar al Príncipe.
La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a Zakunine.
La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado; casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:
—No.
—El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?
—Ella quería que yo siguiera siendo suyo.
—¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?