Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa, como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado. Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en presencia de una dificultad mayor.
Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados, podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.
Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él. Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito? Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.
Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet. Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa, podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la nihilista, cuya presencia en la villa Cyclamens no se explicaba muy bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe, fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?
Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.
Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod: esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido, podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior, algún acto.
Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.
Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?
Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos, ¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?
Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro podía ayudar al descubrimiento de la verdad.