Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.
Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.
—Vengo a cumplir—le dijo el magistrado en tono de felicitación,—un deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle. Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus estudios sociales.
Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer, impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para que le dijera:—«¿Cuándo habrá usted terminado?...»
—Indudablemente—continuó el magistrado,—habría sido mejor para usted examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya prolongado?
La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta cerró por un instante los ojos, y dijo:
—¿Qué quiere usted decir?
—¿No comprende usted?
—No.
—Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable, si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a descubrir como ustedes a reconocer...