—¿Qué dice usted?...—interrogó la joven con un movimiento de indiferencia.
—Yo no digo nada—contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando la vista a los papeles que estaban en la mesa.—¡El amante de usted ha confesado ser él mismo el asesino!
Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.
Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:
—Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía salvarlo?
Diciendo esto la miró.
La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero que sin duda era muy penoso.
—¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!
El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto. Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin, notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral? ¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?
—Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo. Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente, tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones? Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí; usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta, usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?