—¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!

—¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos. Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal? El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres, contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre, contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos: una, diez, mil vidas ¿qué importan?

La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de quien hiere y derriba.

Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado, dijo a su vez, con acento frío y severo:

—No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?

Y al ver que tardaba en contestar:

—¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a usted, en revelar sus planes de conspiración?

—Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa mujer.

—¿De qué modo?

—Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería que yo, yo, le ayudase...