La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera había sospechado su amor.
—¿Y usted?
—Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle, porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le ayudara, lo ayudé.
—¿Matando a la mujer amada por el?
—Devolviéndole la libertad.
—¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría, deliberadamente?
—Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara, que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común. La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles. Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita, falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,» agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere: cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura, inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo, quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...» Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.» Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.» Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»—«¿No quieres dejarle?»—«¡Máteme!...»—«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su voz que llamaba. ¡La maté!
Jadeante, se calló.
—¿Y no se arrepiente usted?
—No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la libertad a ambos.