Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.

—¿Está usted contento?—le preguntó el juez.

—¿Por qué me lo pregunta usted?

Y los dos hombres se miraron fijamente.

—Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad y de la justicia.

Ambos volvieron a mirarse en silencio.

—¿Y usted no está contento?...—dijo por fin Vérod.

En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su pensamiento secreto fuera el mismo del juez.

—Yo no tengo pasiones que satisfacer—respondió éste.—Un solo amor me guía: el amor de la justicia...

—Si se ha hecho justicia...