—¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

—¿Después que ellos admiten la existencia del delito?

—¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!

—¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él es el asesino?

—¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso desesperado!

—¡Y no ve usted que dijo la verdad!—arguyó Vérod.—¡Si esa mujer hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto realmente perdido!

Ferpierre no contestó.

Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por un falso camino.

—¡Hipótesis o presunción como todas las demás!—exclamó bruscamente, deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.