—Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón heroico?
—¿Qué le impide a usted admitirlo?
Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz del heroísmo.
—Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa! Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.
—¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al correligionario?
También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor al partido.
—Bien; pero ¿y la prueba?
—¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!
—Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera opinión.
—¿Por qué?