—¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de júbilo?
—¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.
—En los primeros días... ¿Y en los demás?
Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de contestar.
Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante, él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.
En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos. Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel misterio.
Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.
—En los primeros días estaba oprimido por el dolor—contestó, después de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;—pero después se vio que la prisión le hacía sufrir.
—¿Ve usted?—exclamó Vérod.—Al principio comprendió el error de su crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido demasiado fácil!
Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse a la tabla de salvación.