—Roberto Vérod—decía la voz—¿no me reconoce usted?

Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un espectro.

¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?

—¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales de una rápida decadencia.

Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se desencadenaban en su alma.

—Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y después de una pausa, añadió:

—Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.

El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.