—¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...

Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.

—Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. Y me burlé de ella y la ofendí.

Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera ciego, y luego prosiguió:

—Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, también me reí de mí mismo...

Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.

Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder decirla:—¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces como las demás, lo que te place!—era algo que me colmaba de júbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.

Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...