Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra de consuelo...

El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...

¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido curarme como el amor de una criatura como esa.

Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y que hemos retirado la mano, y proferido—¡demasiado tarde!—la palabra; ante esa idea el corazón cesó de latir...

Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre, comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha muerto...

Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo, por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las cosas, el rostro escuálido del Príncipe.

—Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi pasión por la otra!...

Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...

Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!

Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la esperanza de recuperarla...