¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el cálculo?...
Un día hablé. La dije:
—Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en torno mío. Más tarde harás lo que quieras...
Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también. Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que me dio fue:
—Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que nuestro amor ha muerto.
Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.
Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun no la conocía!...
Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil, quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.
Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era el arma.
Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos indisolubles...»