Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones, todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban amenazadores.
—¡Tú me prometiste ayer—la dije con acento amargo—que no me dejarías, porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...
Ella no lo negó.
—Déjame morir—fue su respuesta;—eso será mejor para todos.
En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.
—¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?
La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.
Ella me respondió únicamente:.
—¿De quién es la culpa?
—Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de tantos meses de dolor.