—Pues bien—la repliqué,—yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?

—Sí—me dijo.

Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:

—¿Por qué?

Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.

—Porque si vivo seré suya.

¡Suya, de usted, de otro!...

Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.

—¡Eso no es posible, no sucederá!...

Ella movió la cabeza.