—¡No digas que no!—insistí.—¡No digas que no!... Ya sé que no me amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro, porque... porque...
—Le amo—dijo.
Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:
—Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor me está vedado, muero.
Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:
—¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu papel!...
Todavía creo ver su mirada asombrada.
—¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única persona que me llorará sinceramente?...
—¿De él?...—exclamé.
A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme: