—De sor Ana.

Yo repuse siempre en tono de burla:

—¿Y la salud del alma?

Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.

—¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...

Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:

—¡No me toque usted!

Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.

—¡Bueno! ¿La causo horror?—la dije.—¡Y lo ama usted a él! Y aun cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...

Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.