—Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted también correr en busca de nuevas caricias.

Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.

Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por una sonrisa burlona.

—¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a venir ahora!...

Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:

—¡Va a venir: soy suya!...

La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la frente.

—¡Cállese usted!—la grité.

—¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!

—¡Cállese!—la ordené una vez más.