—¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie puede condenarme!...

—¡Cállate!...—la intimé por tercera vez.

—¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado. ¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me inunda el alma!...

—¡Estás loca!—grité.

—¡Sí, desde que soy tuya!

No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.

—¡No es cierto! ¡No te creo!—exclamé.

Ella me contestó, atónita, riéndose:

—¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad, ¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano; he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento: después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado; ¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...

—¿Tú has hecho eso?