—Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre. ¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?

—¡Cállate! ¡No me provoques!

—No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...

Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!

—¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?

Yo prorrumpí:

—¡Matarte!

Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.

—¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!

—¡Cállate, o te mato!