—¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que no sea suya...
Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:
—En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...
El tiro partió...
Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:
—¡Asesino!
El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:
—Pegue usted.
Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:
—¡Asesino!