—He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer, cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras. Óigalas usted:

—He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...

Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de mí:

—¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...

Yo no comprendía.

Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de ponerla, le extrajo una cápsula.

—Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...

Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:

—Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...

Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos, pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas, confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces, naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad, y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma, muda e invisible, gobernaba ya mi vida...