Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido: coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.

El Príncipe continuó:

—El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún: era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa, volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó. ¿Cree usted que Florencia haya muerto?

La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió hondamente conmovido.

—Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas: habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha de hacer de mí.

Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una palabra, el Príncipe continuó:

—Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el mejor partido?

Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio estaba completamente obscurecido.

—Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión. Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es, defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse, compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz, quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...

Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo, y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso: