—Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad. Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca, antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.

Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una emoción violenta se lo impedía.

—Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he impuesto...

Y tomando una mano del joven, le suplicó:

—Roberto, ¿me perdona usted?

Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por llorar.

—El alma de Florencia está presente aquí—dijo el Príncipe.

Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.

Luego agregó: