Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso, como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del culpable y de sí mismo.
Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:
—Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!... Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa, colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet, amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?
Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.
—Ha muerto.
Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él, había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás llegaría a saberse.
—¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!—dijo el magistrado.—Y tenía un gran corazón.
—Sí—ratificó Vérod.
—Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo el asesino, se puede esperar su redención.
—Está redimido.