Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su coloquio con Zakunine.

—Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella, que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda, vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo; que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...

Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del cielo, caído sobre la tierra.

Después habló Ferpierre:

—Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia celosamente su imperecedero recuerdo!

FIN