—Roberto Vérod, treinta y cuatro años.
—¿Es usted Vérod, el escritor?
—Sí.
—¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?
—Sí.
O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.
—Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?
No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio, sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado, tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía. Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego, arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la mano.
—¡Si usted supiera, señor—le dijo con voz insegura y sumisa,—qué tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar, cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para decirle lo que tengo que decirle!
Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a él, contestó: